El Forro y la Boluda - Cap. 50 - Subjetivismo Vs. Realidad

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La realidad a veces puede ser subjetiva. El tiempo puede transformar las cosas, las personas, los sentimientos… Y de repente, aquel que otrora fuera el centro de nuestro universo, un día, puede simplemente convertirse en un completo desconocido. La culpa puede transformarse en bronca, y un lugar que elegiste prácticamente al azahar, mas como algo transitorio que permanente, puede convertirse en tu nuevo hogar.

A las pocas semanas de haberme separado de Juanpi, una amiga en común me llamó para ir a tomar un café. Aunque la invitación me resultó un poco sospechosa, acepté. Y, sin saber que la charla que iba a tener a continuación iba a cambiar por completo mi percepción de la realidad, me senté en el bar a esperar a Natalia, la mujer de uno de los amigos de Juanpi con quien habíamos logrado un buen vínculo.

Hola Nati -le dije en cuanto la vi acercarse- tanto tiempo! Tu llamado me agarró por sorpresa… -agregué tratando de evaluar su actitud- ¿Todo bien? ¿Pasó algo? -inquirí invitándola a tomar asiento en frente de mí.

- Hola, linda -dijo ella acercándose a saludarme, al tiempo que me daba un cálido abrazo- No, no… -agregó a continuación, mientras se sentaba y le hacía señas al camarero para que le trajera un cortadito, y luego continuó- bueno… Sí…

- ¿Sí?? -pregunté yo, un poco alarmada- ¿Estás bien? ¿Qué… Qué pasó?

- No, no, te preocupes, no es nada grave… -dijo ella con tono de consternación en la voz- pero… Pero es algo que, como mujer, yo te tengo que contar…

Y así fue como me enteré que Juanpi, aquel señor con el que yo había convivido por los últimos años y quien, hasta hacía sólo un par de días atrás, seguía enviándome mensajes y mails, oscilando entre “Te sigo amando” y “Sos una puta de mierda”, había presentado en sociedad a su nueva “Amiga”, una tal Clara, que casualmente era el mismo nombre de una “compañera de trabajo” que alguna vez había llamado “por error” a las tres de la mañana cuando Juanpi y yo aún compartíamos una cama…

Al parecer no había sido nada “formal”, sino que simplemente coincidieron en un mismo lugar, y a Juanpi no le había quedado más remedio que acercarse a sus amigos a saludar, y presentar a su acompañante, quien se mostró más que satisfecha de lo pequeña que puede ser Buenos Aires algunas veces, y que hasta tuvo el mal gusto de bromear con que yo podía aparecer en el lugar.

Mientras escuchaba el relato, por un instante sentí que se me venía el mundo abajo. Recuerdo haber abierto grandes los ojos, como si con ello pudiera comprender mejor la situación, pero la realidad es que, en cuanto escuché ese nombre, mis oídos dejaron de escuchar.

Cientos de imágenes me vinieron a la cabeza. Recuerdos de risas y caricias compartidas. El amargo abrazo final, luego de la charla que puso fin a nuestra relación. El aborto del que jamás se enteró. El dolor causado por sus palabras, cada vez que se frustraba ante mi negativa de querer volver a empezar, y me insultaba, me suplicaba, o me culpaba de ser una mierda que le había arruinado la vida. El eco de aquella canción de Soda Stereo que alguna vez, en broma, le dediqué… “No seas tan cruel… No seas tan cruel”. La pantalla de su celular, sonando en el medio de la noche y ese nombre grabado en mi retina: “CLARA”… ‘Es una compañera de trabajo, debe ser una llamada equivocada…’ había dicho él aquella noche, apagando el teléfono y abrazándome para volver a dormir.

- Bueno… -dije con la mayor seguridad que pude encontrar en mi interior- supongo que está en todo su derecho de rehacer su vida…

- Perdón que te tiré semejante bomba, pero la verdad es que me pareció bastante desubicado de su parte y, como mujer, creo que siempre es mejor enterarse…

- Sí, sí… -contesté como una autónoma, mientras pensaba quién mierda era ella para saber qué era mejor para mí- aunque, para serte sincera, no sé si quería saber esto… -agregué sin pensar.

- Ay, linda… -dijo ella, agarrándome la mano- saber la verdad es siempre lo mejor… Tal vez esto te sirva para terminar de superar la situación…

Lo que ella nunca supo, es que, con sus palabras, estaba cambiando por completo mi percepción de la realidad.

Esa tarde volví al departamento que era mi nueva casa y, por primera vez en mucho tiempo, me permití aceptar que me sentía SOLA… Y fue un sentimiento abrumador, porque, de repente, me dí cuenta que no era algo “nuevo”, que me había sentido así desde tiempos inmemoriales, y que gran parte de lo que había creído “realidad” no fue más que una ficción…

 

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