Las siete Mujeres de Dios

Eramos siete las mujeres que acompañamos al mesias. Aunque jamás nos llamaron apóstoles nosotras entregamos nuestras vidas en una época de mentes nubladas y corazones torpes. Nuestra voz era escuchada y aclamada en los círculos más íntimos. Trabajamos juntas fuertemente como si de una misma entidad se tratara.

El Mesias siempre nos alentó y nos protegió en un mundo construido por los hombres tiranos y sedientos de venganza. Las mejores reuniones se vivían cuando Santiago - el justo - estaba entre nosotros. Utilizábamos el mismo lenguaje universal, pareciera que no existía división entre nuestras almas. Santiago siempre tenía la palabra precisa, el abrazo perfecto, era la mano que calmaba cualquier revolución que Jesús impulsaba. Así como Juan, cuya delicada y refinada naturaleza nos estremecía de forma categórica a cada uno de nosotros.

Éramos siete las mujeres y cinco los varones. Doce almas que buscaban transformar un mundo de tinieblas hacia un mundo de pura luz infinita. María de Magdala o de Betania - que en realidad fueron las mismas - nos instruyó a todos en las artes del sacerdocio egipcio, la alquimia y las antiguas virtudes de la sangre, sobre todo a Jesús - que mostró un especial interés en ello - fue el primero en comprender como podemos transformar la sangre en un motor nuevo para la vida trascendida. Esta alquimia la utilizó cuando el Cristo encarnó en su cuerpo, la sangre de la carne se transformó en un vehículo para el advenimiento cósmico convirtiéndose en sangre real. Fue el comienzo de un nuevo tiempo, por primera vez una Jerarquía Crística Solar se encarnaba en un humano.

 

maria magdalena

 

En esos instantes las mujeres comprendimos y los hombres dudaron. Las mujeres le acompañamos durante toda su obra, preparándole con minuciosidad para que su cuerpo pudiera adaptarse a una conciencia solar. Siempre supimos que él era el vehículo de algo superior, así nos lo hicieron saber las partículas arcangélicas que contactaron con nosotras. Gabriel y Micael anunciaron su llegada, así como los Sacerdotes Kobdas transmitieron su venida en la última época de la Atlántida, justo cuando dio lugar el nacimiento de la raza adámica, la raza humana actual. Después de la crucifixión, el Cristo transmigró al cuerpo de Jesus, se presentó ante nosotras, más vivo que nunca, puro, brillante y celeste; supimos que el mundo aún no estaba preparado para ello. Si siendo carne le crucificaron, ahora siendo Cristo sería perseguido y sentenciado a una vida sin su estirpe, a un vacío en la historia de la humanidad. Por ello dijimos que había muerto, le lloramos, le limpiamos las heridas y le sepultamos para que la duda expiara y para que Él, pudiera realizar el verdadero trabajo al que vino: sembrar el nacimiento de una nueva humanidad.

Cuando el Cristo vino a vernos nos dijo algo muy sencillo: No me llamen más Maestro, pues él murió en la cruz. Cuando Jesus era el hombre, nos besaba en incontables ocasiones para que no tuviéramos miedo del amor fraterno, pero cuando se transformó en Cristo reflejaba esa incandescencia en cada manifestación que a veces transmitía sin mediar palabra, su manto formaba parte de su piel, aún se le podía tocar, pero nosotras respetuosas, solo le observábamos y conteníamos nuestras ansias de retenerlo entre nuestros brazos por miedo a que la imagen se desvaneciera. En una ocasión se desmaterializó frente a nosotras, allí comprendidos que había logrado transcender su propia materia, pudiendo alterar su composición biológica a otra más sutil. En otro momento lo volvió a repetir con los apóstoles varones, pero éstos, dudaron. Y algunos dejaron incluso de creer en nosotras, excepto Juan y Santiago.

El mesias siempre nos mostró el camino de la unidad. Las mujeres sabíamos que la interpretación de lo espiritual estaba por arriba de la división del género masculino y femenino. “Cualquier mujer que se haga varón entrará en el reino de los cielos” nos dijo. El Cristo miraba a unos pequeños que mamaban, transmitiéndonos la siguiente reflexión: estos pequeños que maman son semejantes a los que entran en el reino. Uno de los apóstoles le dijo: ¿entonces haciéndonos pequeños entraremos en el reino? Cristo contestó: Cuando hagas de los dos uno y hagas lo de dentro como lo de fuera, y lo de fuera como lo de dentro, y lo de arriba como lo de abajo, de modo que hagas lo masculino y lo femenino en uno solo, a fin de que lo masculino no sea masculino ni lo femenino sea femenino; cuando hagas ojos en lugar de un ojo y una mano en lugar de una mano, y un pie en lugar de un pie, una imagen en lugar de una imagen, entonces entrareis en el reino.

Eramos siete mujeres, después fuimos ciento dos. Escribimos pasajes que nunca salieron a la luz pública, sustentamos la transmigración de Cristo y esperamos el momento adecuado para alzar nuestras voces a la humanidad. Fuimos las primeras damas, las futuras templarias, con una voluntad de hierro y un corazón glorioso. Más allá de nuestras muertes, nuestro linaje cósmico se extendió a toda la tierra conocida, no a través de los hijos de la carne, sino de los hijos del espíritu, aquellos que transcendieron la materia y el tiempo. Posiblemente tú puedas ser uno de ellos.

Mi nombre es María.

Anael - OrigenEstelar.com

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