49 Grados como en Buenos Aires, pero de Grecia: Aceitunas Rellenas y al Plato

Bajamos por la misma calle donde Bella había dejado sus huellas de terror hasta que llegamos a una parada de colectivo que supuestamente nos acercaría al centro. Teníamos que hacer cambio de colectivo en el IKEA de Thessaloniki, en donde aprovechamos de entrar ya que como algunos sabrán, el verdadero lado positivo de IKEA no pasa por los muebles y utensilios para el hogar de diseño, si no por el buffet que todo IKEA tiene con sus comidas ultra baratas. Dejamos nuestras mochilotas en custodia mientras disfrutábamos de la suecidad hecha shopping, hasta que logramos encontrar la salida del laberinto IKEA hacia el lugar de los hotdogs a 1 euro, con lluvia de papas y pepinillos iliimitada, además del refill infinito de gaseosa. La buena vida europea...

amalia

Una vez ya con un poco de pilas cargadas con los panchos suecos, fuimos a la búsqueda del próximo autobús que nos debía acercar a donde nos esperaba nuestra host de Thessaloniki, Amalia.

Nos juntamos en el Arco de Galerio, y después de dejar nuestras cosas en la casa de Amalia, fuimos a tomar un café y charlar. Ella se tenía que ir por la tarde a trabajar, así que nosotros decidimos aprovechar el caluroso tiempo libre para ir a alguna de las famosas playas griegas; Chalkidiki fue nuestra elección.

arco    

Tomamos un bus en algún lado que nos llevó a la terminal de buses que iban a Chalkidiki, de donde teníamos que tomar otro bus para llegar a la playa... No era tan fácil como parecía y de a poco se nos venía encima el día. Habíamos caído para una ola de calor en Grecia, y con 49 grados en la estación de buses que nos deberían llevar a la playa, nos comentan –de alguna forma, porque nadie hablaba nada que no fuera griego-, que el último bus que iba a la playa ya había salido.  

49 grados  

Así nuestros planes soleados se vieron frustrados y nos vimos disfrutando nuestra tarde de playa en una estación de buses llena de calor, sudor, y griegos antipáticos. Qué cosa. Nunca hubiera imaginado que los griegos podían ser tan mala onda. Todos nos miraban con cara de culo, nadie se asomaba a ayudar o dar consejo, hasta cargar la tarjeta de los colectivos lo hacían con desgano.

  calle  

Teníamos el boleto de bus para ir a la playa –pero ya no quedaban buses-, y no nos querían devolver el dinero. 49 grados. 4 de la tarde. Luego de pelear, algo nos devolvieron, pero claramente a mala gana y dejándonos un sabor amargo al volver a la ciudad sin sol sin arena sin viento.

Al menos a la noche, pudimos disfrutar de una agradable cena con nuestra anfitriona Amalia; la única griega simpática que conocimos durante nuestra estadía en el país helénico.

 

A la mañana siguiente ya no nos quedaba nada que hacer en Grecia, y en Turquía nos esperaba nuestro host Caner que se había tomado el viernes libre en el trabajo para pasarlo con nosotros, así que nos teníamos que apurar. Pero salir de Thessaloniki era entre difícil e imposible. No sólo Grecia es uno de los peores países del mundo para hacer dedo, si no que salir de la ciudad era un laberinto. Además, estando de nuevo en la Unión Europea (yupi...), estaba prohibido hacer dedo en las carreteras... Agarramos un bus que SALÍA de Thessaloniki; eso era lo importante, y tratando de seguir las instrucciones de Hitchwiki (la página más importante para cualquier persona que quiera hacer autostop), nos bajamos en algún lugar que no sabríamos encontrar en un mapa. Sólo sabíamos que estábamos en la dirección a Turquía; pero también sabíamos que nadie, nadie, nadie paraba por nosotros ni nos iba a llevar. Eso sumado a que no pasaba ni un puto auto.

Ni valía la pena preguntarle a los griegos que paraban si nos podían llevar, o nos ignoraban, o nos ignoraban, o nos ignoraban. De repente paró un camión; nos vio, pero cuando se dio cuenta que éramos dos, dijo que no nos podía llevar porque era ilegal llevar más de un pasajero. Eran las 4 de la tarde, y ya nos veíamos muriendo deshidratados y deprimidos en estas tierras endemoniadas. Pero el camionero turco frenó a los pocos metros de haber retomado vuelo. Se ve que le dimos lástima, que nos hizo subir. Haberle insistido tanto en –inserte nombre del idioma con el que nos tratábamos de comunicar con él- abrió una grieta en su corazón en la que nos dejó entrar. Iba a Istanbul. Era nuestra salvación. Chau Grecia, chau Unión Europea.

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