Bestias Griegas

La primera de esas tres noches estimadas ya había sido cortada tras la desventura de Omiš. Así que nos quedaban sólo 2. Acordémonos que teníamos la prisa de llegar a Istanbul antes del 24, que nuestro host lo había pedido libre en su trabajo para pasar el día con nosotros.

Pero ya estábamos a 23. A las 4 de la mañana. Y estábamos pasando la primera de las dos noches planeadas para la playera, soleada, turística y hermosa Thessaloniki, en la frontera entre Macedonia y Grecia, rodeados de perros callejeros, frío, mierda, lobos, y griegos antipáticos y apáticos.  

angel macedonio

 

Fue así que a las 5:30 de la mañana, finalmente un auto de los pocos que pasaban –pero a cuales a todos y cada uno habíamos preguntado de forma insistente mientras hacían el papeleo de la frontera-, decidió llevarnos sin titubear. Claramente podemos mencionar que no era griego. Era macedono. Empezamos a charlar, en serbocroata, Ingo se sentó atrás y dormía como un santo, mientras yo charlaba con él. La verdad, un tipo muy amable y simpático y con una historia de vida increíble. Su hermano había muerto hacía poco y él se hacía cargo de sus sobrinos desde su muerte, ahora, iba a buscar a su mujer e hijos que pasaban las vacaciones en Calcídica, la península de los tres dedos al norte de Grecia. Trabajaba para bancarles las vacaciones, se levantaba a las 4 de la mañana para ir a buscarlos, y volver en el mismo día. Que tipo, ¿eh? Por eso me sentía con una culpa al cabecear, pero moría de sueño. No había dormido nada y venía de chupar frío y disgusto en las últimas 8 horas (o más, desde tratar de salir de Ohrid...), que le tuve que preguntar... "¿No se ofende si duermo un poco?"

capillitas

Todavía no sé cómo llegamos a Thessaloniki, o dónde exactamente nuestro chofer nos dejó. Lo único que recuerdo es que era algún tipo de ángel mediterráneo; alto, moreno y muy grande. Como los pequeños ángeles desnudos de una iglesia barroca pero en tamaño extra grande. Un salvador celestial. Sólo puedo acordarme de lo feliz que estaba de subirme a su auto calentito. Por fin rescatados de la noche fría, que se había colado desde nuestra mantita hasta dentro de nuestras camperas, haciéndonos tiritar mientras esperábamos, encorvados como mendigos en una fría noche de invierno esperando en vano por el verano.

Desde esta miseria, él nos había abierto la puerta a su calefaccionado auto, y nos había recibido con una tibia sonrisa, mientras las primeras pálidas luces de un lejano amanecer empezaban a desteñir el negro de la helada noche negra.  

Apenas me puedo acordar del viaje de 5 horas en el auto, que continuó luego de ese encuentro místico, pero debido a la impresión que ese amable hombre sonriente había dejado en mi mente que sólo buscaba dormir, alternando entre momentos de dudosa lucidez con otros de oscuro dormir me veía durante el viaje como un pobre mendigo rescatado por un generoso dios griego, cabalgando en su carroza hacia las primeras tibias luces de la mañana. Éramos los afortunados pasajeros de la carroza de Hermes del siglo XXI. Así me sentía durante el viaje.  

Pero nuestro tiempo con el neo-Hermes, quien en realidad era macedono en vez de griego, terminó tan abruptamente como comenzó. Había venido desde la noche negra a rescatarnos, y desapareció entre los aires de una celeste mañana luego de dejarnos en nuestra destinación. Sólo vimos por un corto momento la misma sonrisa amigable, que nos había saludado hacía 5 horas, y un segundo después nos encontrábamos sobre una seca polvorienta colina, parpadeando el sol griego de la mañana, que ya era lo suficientemente fuerte como para sentir calor en nuestras pieles.

No sé cómo nos dimos cuenta hacia qué dirección estaba el centro de Thessaloniki, ni que lado de la colina teníamos que bajar para llegar allí. Pero eventualmente lo hicimos, siguiendo un camino polvoriento a través de la seca y espinosa vegetación griega. Características que luego no sólo usaría para describir las plantas griegas, si no también para la gente griega y su trato con desconocidos. De todas formas, luego de una caminata de 10 minutos, llegamos a una esquina de donde veíamos la ciudad de Thessaloniki por primera vez. Era una abrumante vista para nuestros ojos cansados; el azul mar Egeo mordiendo una laguna de la tierra marrüon de Grecia, y justo ahí, en la orilla, estaba Thessaloniki. Miles de casas blancas, esparcidas como conchas decoloradas por el incansable océano, y sobre todo el azul cielo de la mañana, sin nubes, azul como el agua y sin movimiento alguno. Thessaloniki parecía estar esperándonos.  

Thessaloniki  

Pero hasta llegar al centro metropolitano, todavía teníamos un largo camino por recorrer. Estábamos en el principio de un extenso cerro que llevaba recién a las afueras de Thessaloniki, en cuyo final se veían suburbios verdes, que junto con las grandes mansiones de piedra blanca y patios regados artificialmente, nos hacían notar que estábamos dirigiéndonos al distrito lujoso de la ciudad. Desde la seca y polvorienta tierra de nadie en la que nos bajamos hacia el bien pavimentado distrito de lujo privado.

Se sentía extraño y fue aun más extraño cuando entramos a esta área de gente rica. Todo estaba en silencio, las paredes blancas de los chalets como castillos reflejaban fríamente la luz del sol de la mañana. Ningún auto en las calles, nada de gente en sus fastuosos jardines, sólo el ocasional gruñido de los aviones que aterrizaban en el aeropuerto de Thessaloniki que estaba justo abajo nuestro, apretujado entre el cerro y el mar egeo. Todos los ricos parecían aun están durmiendo luego de la borrachera de la noche anterior y así paseábamos solos y en silencio, como gatos infractores, a través de su aun durmiente distrito. La única criatura viviente que nos vio fue un perro guardián que nos ladró y gruñó tan intimidantemente cuando tratamos de pasar por su calle, que decidimos tomar otra calle para seguir bajando. En ese momento no me sentí para nada bienvenido.

  Thessaloniki2  

A medida que avanzábamos las casas se achicaban y parecían menos ridículamente sacadas de un cuento de hadas. Uno de los chalets que habíamos pasado tenía un exceso de fuentes de mármol con forma de caballos blancos vomitando agua sin fin. Luego de una hora de caminar, donde habíamos llegado las casas aún eran grandes, pero no tan pomposas como antes.

Fue en las calles de este barrio donde nos cruzamos con el primer ser humano en Grecia. Una mujer joven, vestida en jogging rosa, paseando a sus dos perros. Estos dos perros causaron una gran impresión en mi, como la que yo luego causaría en ellos. Eran simplemente los animales más feos que había visto en mi vida. Uno, el más gordito, tenía el tamaño de un gato, pero era gordo como un chancho vietnamita, con una lengua roja que le colgaba de su grotesca boca de rata, abajo de una nariz aplastada. Pero este sujeto era el atractivo; su compañía, aparentemente femenina –cosa que sólo podía deducir a partir del moño rosa que juntaba un hilo de sus cabellos castaños claros sobre su cabeza del tamaño de un ratón-, era la criatura más grotesca en la que alguna vez había puesto mis ojos.

En Austria tenemos historias sobre pequeños trolls traviesos, que molestan a los pasantes tirándoles piñas de pino y poniendo raíces de árboles en sus caminos entre otras travesuras, pero había podido hacerme una imagen en la cabeza de cómo estos trolls supuestamente eran, hasta que conocí a Bella, que era el nombre de esta criatura vizca, un hecho del que me di cuenta un rato después. Sí, Bella era definitivamente el prototipo de esos troles de los bosques austriacos. Parecía ser la cruza de una ardilla muy fea con una rata gigante con rabia, y luego clasificada como un perro, apenas porque nadie podía darse cuenta de que era en realidad. Pero yo sí sabía qué era en realidad; la princesa mayor de todos los trolls de los bosques de Austria. El moño rosa en su cabeza chueca enfatizaba su estupidez monárquica perfectamente. Impactado por su aspecto asqueroso me acerqué a ella, mientras Diego le preguntaba a su dueña sobre en qué dirección seguir.

Y resultó que Bella era de verdad una pequeña princesa, que sintió mi apariencia tan disturbadora como yo sentía la suya, ya que en el momento que se dio cuenta que yo me le estaba acercando, sus ojos torpes se agrandaron tanto que casi se salían de su cabeza de rata de cabello largo. El otro perro también sintió el terror que se había apoderado de su princesa, y como un fiel guardia real se paró adelante de ella y empezó a ladrarme lleno de miedo, pero también lleno de coraje leal.

Pero esto no calmaba a Bella. Debo de haber sido un avistaje horrible para su temperamento imperial. Pelo rojo, barba oxidada, una gigante mochila negra, una mirada extraña, e incluso un olor raro. Fue demasiado para la Real Bella. Y así como sus ojos se agrandaban con agudo temor, lloraba de angustia, y desesperada tratando de huir del extraño pelirrojo, que era yo, consiguió escabullirse fuera de su pequeño arnés rosa, y suelta, empezó a huir en reversa, sin sacarme los ojos de encima, dibujando una oscura línea de fluído en la calle de concreto gris, a medida que se meaba aterrorizada de verme.

  bestia griega  

Estaba sorprendido. Nunca antes había provocado tanto terror ningún ser vivo. Pero no sólo estaba yo soprendido, también lo estaba la dueña de Bella, la chica en el jogging de Puma rosa, que le gritaba a su princesa que huía, “Bella, detente!” (en Griego, claro..) Así era como aprendí el nombre del ser más horrible y terrorífico que había visto hasta entonces en mi vida. Afortunadamente, la chica atrapó a Bella justo antes de que se escondiera abajo de un basurero, y puso al animal que temblaba de miedo en sus brazos.  

La chica griega me miró y dijo “Bella nunca se ha portado así antes”. Bella aún temblaba en sus manos, el otro perro aun ladraba pero ahora con la voz ya gastada, y escondido a salvo tras las piernas de su dueña. La chica miró a Diego y con una de las manos que agarraba a Bella nos señaló el camino, y al hacerlo se dio cuenta que su mano estaba también llena de pis de Bella. A medida que nos íbamos me di vuelta para ver como se secaba su mojada mano en su ropa y vi por última vez en los ojos llorosos a Bella, con sus ojos aún dilatados en terror mientras me miraba, temblando, como yo me iba. Una aterrorizada princesa troll que recién se había meado, solamente por haberme visto, y su guardia real la protegía... Esa fue nuestra bienvenida a Thessaloniki. Giré y seguí caminando, preguntándome qué sería lo siguiente en pasarnos acá en Thessaloniki...

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