Macedonia y Grecia: De la cuna al fin de la Civilización

Macedonia Sí, estábamos de viaje. Pero me costó empezar a contar la etapa en Macedonia. Es que ese país, no me despierta nada de simpatías.

ingo y el lobo

Pero amanecimos en Struga. Una ciudad un casi 50% albana. En la parte albana de la ciudad, y con nuestro anfitrión, albano. La luz del día nos permitió ver la casota donde habíamos pasado la noche. ¡5 pisos! Nos prepararon un desayuno increíble, y nos llevaron a Ohrid en auto.

  anfitriones struga  

Llegar a Ohrid ya era llegar a una ciudad mayoritariamente macedona. Pero no sólo macedona, si no una ciudad para mi mística, ya me imaginaba que iba a ser una de las joyas del viaje. Todos mis amigos en Serbia, siempre hablan de Ohrid como uno de los lugares más lindos del mundo.

Pero llegamos a un lugar... no pintoresco. Claro, debían ser las afueras, y el centro histórico estaba rodeando el lago. Me quedé a las afueras de una feria, que me hacía acordar a las ferias en Chile (o persas, como le dicen allá), mientras Ingo buscaba un lugar donde cambiar plata al denar, la moneda local. Ya todo en cirílico.

feria

Me llamaba la atención lo poco turístico que se veía uno de los lugares más famosos de Yugoslavia. Teníamos hambre, así que antes de empezar a recorrer la ciudad vieja, nos sentamos en el restorán más central de la parte turística de Ohrid, frente al lago. Pedimos un pez endémico del lago...

Acompañado de unas tristes arbejas y papas deprimidas. Para ser el restorán estrella de Ohrid, el servicio era malo, la comida exageradamente cara, y resaltaba por su falta de brillo.

pescado

Conocía de Ohrid, que era la ciudad de las 365 iglesias. ¡Wow! En especial para Ingo, que estudia teología, debía ser muy interesante. Así que empezamos a subir por la ciudad vieja, que está en los cerros bordeando el lago.

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Una versión europea y miniatura de Valparaiso. Vimos dos iglesias que eran muy lindas. Las 363 otras, no sé si se hundieron en el lago o qué...

Estábamos un poco cansados además de apurados; planeábamos llegar esa misma noche a Thessaloniki, a unos 300 kilómeotros, y ya eran casi las 5 de la tarde, e Ingo todavía tenía que meterse al agua una media hora (que por cierto, se puede tomar!), y luego tendríamos que encontrar la salida de la ciudad para poder empezar a hacer dedo...

Las reglas del autostop dictan que nunca hay que salir de tarde, siempre de mañana, y menos aún sin sol... Así que estábamos en una carrera contra el tiempo. Desde el bote se veía quizás la vista más linda de Ohrid... Pero eso era todo.

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La verdad, no sé qué le gustó tanto a mis amigos serbios. Luego del chapuzón de Ingo, empezamos a salir de la ciudad... Pero a la salida no llegábamos nunca. Pasamos por lugares muy, pero muy poco pintorescos. Peluquería Milena... Todo muy quilpueíno para mi gusto.

  peluqueria  

Pasamos por la terminal de omnibus... Las señoras ofreciendo habitaciones nos atacaban como chinches. ¡Pero si nos vamos!, les decíamos. Pero al decirles, ni nos ayudaban a explicarnos cómo salir. 7 de la tarde. Conseguimos salir de la ciudad. Nos levanta un camión. El tipo no parecía muy contento ni de llevarnos, ni de hablar con nosotros, pero por suerte alguien nos llevaba. Teníamos al menos 6 horas para llegar a nuestro destino si todo salía bien, o sea, cerca de la medianoche. Pero el señor camionero sólo iba hasta Bitola.  

camionero  

Llegamos a Bitola, que era introducida por lo que en Chile se conocería como una gran “población”. La imagen de la “pobla” es diferente a la que tenemos de la villa en Argentina. La villa, uno la asocia con casas de 2 o 3 pisos, de ladrillo colorado, un poco como un cuadro abstracto en tonalidades anaranjadas. La pobla, en vez, son casillas con materiales más básicos; madera, latas, ninguna o muy pocas superan la planta baja, con rejas improvisadas, perros, pequeños patios... Y además todo esto en cerros.

Así fue la llegada a Bitola, iluminada por la poca iluminación pública de las calles o senderos. No nos daba ganas de buscar dónde quedarnos allí. A pesar de que eran las 9 de la noche, trataríamos de llegar a Grecia, a la Unión Europea. Fue así que a las afueras de Bitola, sin encontrar ningún auto que parara por nos en el medio de la noche, un taxista nos llevó hasta la frontera.

De allí, como siempre, sería más fácil encontrar un auto entrando a Grecia que nos dejara en Thessaloniki, la segunda ciudad más grande del país helénico. Estábamos saliendo de ese país con una cultura artificial, una identidad patética construída alrededor de Alejandro Magno, el mayor esparcidor de la cultura griega por el mundo, y de una diferenciación con Bulgaria que hasta la segunda guerra mundial no existía y que Tito tuvo que hacer para evitar reclamos territoriales búlgaros sobre Yugoslavia... Piotr Rozwalka, un viajero polaco, ha viajado por muchos rincones del mundo y pasó un tiempo especialmente largo en Macedonia.

Comparto 100% todo lo que piensa sobre el país, que si entienden inglés, pueden leer aquí, y aquí, que pronto se viene Turquía en nuestro viaje. Por suerte, no nos tocó pasar por Skopje y ver el patético show que monta el gobierno macedono en la capital de la “cuna de la civilización”. En fin. Por fin salíamos de Macedonia, yo ya no aguantaba más allí. Ya el mensaje de texto que había mencionado antes, el “Welcome to Macedonia, the cradle of civilization”, me había predispuesto negativamente. Por fin se acaba este tramo. Pero lo que nos esperaba... Frontera entre Macedonia y Grecia. Salimos de Macedonia a pie.

Entramos a Grecia a pie. 10 de la noche. Empezamos a caminar hacia el pueblo lindante a la frontera. Estaba a un kilómetro de distancia, un kilómetro adornado por la oscuridad de la noche, y decenas de perros callejeros.

Niki era el nombre del pueblo. Supusimos que allí encontraríamos autos yendo hacia Thessaloniki. Pero no pasaba ni un solo auto. Así que entramos a un bar a tomar algo. Justo estaban pasando un partido de fútbol. Reconocí a Buonanotte y DeMichelis jugando. ¡Ah! Me tengo que poner la camperita de Argentina que tengo!, pensé. Le preguntábamos a la gente cómo llegar hasta Florina, la siguiente ciudad grande después de Niki. Es que en Niki no había ni hoteles! Pero nadie nos daba info. Caminamos un poco por la única calle de Niki. Había otro bar.

Tratamos de preguntarle a la gente por ayuda para cómo ir a Florina a esas horas. Pero la gente casi que nos ignoraba. ¿Dónde están los pintorescos griegos mediterráneos amables? No en Niki, nos dábamos cuenta. Fue entonces que decidimos caminar hasta las afueras de Niki, donde sería más fácil encontrar autos yendo a Thessaloniki o Florina. Pero apenas haciendo unos pasos, había un gran contenedor de basura, donde un perro blanco MUY grande urgaba en la basura. Nos acercamos cuando nos ve, nos gruñe muy enojadamente. Los perros más chiquitos a su alrededor salen corriendo. Hasta el día de hoy, pensamos que fue el primer lobo (aparte del embalsamado) que vimos en el viaje. No podíamos salir de Niki. Hacia un lado había un lobo, hacia el otro la frontera donde ningún auto paraba. Fuimos a otro bar, el tercero, en este pueblucho. 500 habitantes tiene Niki, y tres bares. ¿Qué mala vida, eh? Todos llenos para variar. Le comentamos al mozo del tercer bar nuestro problema. Un pibe joven, de nuestra edad. Muestra cierto tipo de empatía, y dice que nos cobra 25 euros para llevarnos en su auto a Florina, donde había hoteles. Le decimos que ok, buenísimo. En algún lugar teníamos que pasar la noche; los pocos autos que pasaban no nos llevaban y hacía frío. Nada más teníamos que esperar que terminara su turno. Nos quedamos ahí, tomando una cerveza hasta que cerrara. Pero faltaba todavía un tiempo. Así que Ingo se quedó, y yo iba a ir a las casillas a hablar con la policía, a ver si nos podían ayudar.

Pero el kilómetro que las separaban del pueblo, estaba no sólo más oscuro, si no que más lleno de perros callejeros. Una jauría. Se arman en grupo y me empiezan a ladrar furiosos, a centímetros de mi. Pero ya no tenía chance. Volver era que los perros me siguieran, seguir también.

Pero teníamos que salir de este pueblo del orto. Inhalo con unos huevos que no sabía que tenía y me enfrento a los 20 perros en la oscuridad del bosque griego. Sentía el viento que salía de sus ladridos llenos de saliva de ira en mi ropa, pero a paso lento y seguro, logré atravesar su furia y llegar a las cabinas. Hablo con el policía. Le cuento lo que nos pasa. Lo que pasa, es que acá la gente tiene mucho miedo de los inmigrantes ilegales, me cuenta.

Sí, ¿Cuándo fue la última vez que un inmigrante ilegal cruzaba con mochila de campamento? ¿Y un colorado con cara de caja de cereal? Pero bueno. La gente tiene miedo...  

niki  

1 de la mañana. Vuelvo. Antes paso por el baño público de la frontera. Inmediatamente salgo. Una jauría, esta vez de moscas y ratones. Nunca en mi vida vi un baño tan sucio. Constitución un poroto. Cierra el bar. Nos acercamos a la casa que estaba unida al bar. Tocamos el timbre. Sale una mujer, la madre. Le decimos que buscamos a su hijo, que nos va a llevar a Florina. Nos dice, no, mi hijo no los lleva a ningún lado. Está prohibido. Y nos cierra la puerta en la cara. Medianoche en Niki.

Los 500 habitantes del pueblo de mierda nos ignoraban. No sabíamos que hacer. Decidimos volver a las casillas de la frontera. Así fue que empezamos a entablar una relación con los policías de la frontera. Falosh, se llamaba con el que más hablábamos. Tenía un cuerpazo de gimnasio, era como un dios griego. Nos trajo botellas de agua. Empezamos a charlar... Se daba cuenta de lo fea de nuestra situación. Teníamos mucho frío. Nos permitieron sentarnos abajo de la ventana de la aduana, para preguntarle a los autos si nos podían llevar –aunque claro, subiéndonos 100 metros más adelante si decían que sí-. Pero no. Todos decían que no.

Muchos directamente no nos miraban. Nos contaban que la mayoría eran personas de Florina que iban a los casinos de Macedonia y volvían a estas horas. Que quizás tuviéramos más suerte en la mañana. Bueno. ¿Y las 7 horas que quedan? Falosh vivía en Florina. Ya veníamos charlando 3 horas con él. ¡Éramos amigos! Nos volvió a traer agua embotellada. Nos contaba que a las 3 de la mañana terminaba su turno. Qué suerte...

Nos llevaría a Florina y podríamos pasar la noche en un hotel, o con él, si es que se copaba! Además tenía el re-auto. Así fue como llegaron las 3:15 de la mañana, y nos dimos cuenta que súper Falosh no estaba más. Ni chau nos dijo. Amigo las pelotas! Agarramos la mantita de Ingo. Nos quedábamos dormidos, tiritando, acurrucados, apoyados la cabeza la uno en el otro, sentados a la vera de la ruta. Para variar, no tenemos ninguna foto de estos tristes momentos porque estaba prohibido sacar fotos en la frontera. A cada auto que pasaba le preguntábamos. Todos decían que no. Malditos griegos, pensaba yo. Miedo de los inmigrantes, de los albanos.

Tengo más miedo de perderme en un pueblo griego de la Unión Europea, que en un pueblo albano, donde sé que todos estarán listos para ayudar. Grecia, cuna de la civilización... Grecia, cuna y civilización las pelotas!

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