Las rutas al cielo de Albania

Recapitulemos: Somos Ingo y Diego recorriendo Europa haciendo autostop. Arrancamos en Italia y ahora apuntamos a Estambul.  Nos acompañan en este tramo por Albania los rusos Maxim y su novia una "Barbie" que van camino a Grecia. Nuestro anfitrión para Tirana es Regi junto a su perro, a punto de ser castrado, Abu.  

regi y abu

 

A la mañana siguiente, Regi se tenía que levantar temprano para ir a castrar a Abu. Regi estaba mil veces más nervioso sobre la castración que Abu, que no estaba ni enterado. Entonces, Ingo y yo quedamos en juntarnos con nuestros amigos rusos mientras Regi hacía sus “trámites”. Nos encontramos con ellos cerca de su hostel y fuimos a pasear por Tirana, que la veíamos por primera vez de día.

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Tirana se encuentra rodeada de montañas, lo que sumado a sus particularidades urbanísticas me la hacía ver muy parecida a Santiago de Chile o algúna ciudad mediana chilena. Edificios medianos, vegetación semiárida, podría perfectamente ser una ciudad de la sexta región de Chile, si no fuera por las banderas albanas y una que otra mezquita, como la que estaba en la plaza principal, tras la estatua de Skanderbeg. Los cables de electricidad por los aires, los edificios sin estilo claro, parecía Chile hasta encontrarnos con los restos comunistas que adornan la ciudad y le dan su única gracia. La universidad de Tirana, el parlamento, todos con un estilo soviético posmoderno cuyo auge se veía en la pirámide de Hoxha, una pirámide de concreto hecha originalmente como un museo a la memoria de Enver Hoxha, que en 1991 se convirtió en un centro de eventos, luego en una base de la OTAN durante la guerra de Kosovo, y actualmente un estacionamiento semi-abandonado, con planes de demolición para borrar los rastros de Hoxha en el país, pero llevándose así, si es que finalmente lo hicieran, una de las pocas joyas de Tirana.  

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Llegando al mediodía, luego de almorzar con nuestros amigos rusos, siguieron camino sur hacia Grecia, mientras nosotros nos juntamos con Regi que nos llevaría a la salida este de Tirana; dirección a Macedonia.

 

barbie rusa

Regi nos trajo con su auto hasta una rotonda a las afueras de Tirana. A nuestra izquierda se encontraba el que él nos dijo que era el shopping más grande en los Balcanes, y viendo ese tremendo pedazo de concreto blanco y vidrio, no me dio espacio a duda de aquello. Pero aquella gigantezca roca blanca alrededor de un vasto mar gris de parques de estacionamiento se encontraba sólo en la primera salida de la rotonda. La segunda salida, daba hacia dos vacas comiendo basura, y junto a ellas un angosto camino rocoso cerro arriba, desapareciendo en la sombra de árboles viejos. La tercera salida daba hacia nada; el pavimento del camino simplemente desaparecía entre polvo y bosta de vaca unos pocos metros luego de la salida. La cuarta salida era el camino del que veníamos, el camino a Tirana y todavía podía ver el agitado tráfico de la ciudad rugiendo en la distancia. “Albania es rara”, pensé, mientras miraba a las vacas. Ahora una masticaba una bolsa con la insignia de Calvin Klein.

Nos despedimos rápidamente, y anduvimos hacia el camino angosto al lado de las magras vacas. Diego ya con su pulgar arriba, pero yo, más pesimista con el pensamiento de que seguramente íbamos a tener un largo rato para conocernos con las queridas vacas, que me daba cuenta, que eran salvajes y sin dueño. Si demoráramos mucho en encontrar un auto, podría tratar de domesticarlas y montar sus lomos cuesta arriba. Yo agarraría la que se comía la bolsa de Calvin Klein, porque prefiero un viaje con estilo.  

15 despedida de regi

Ingo”, me llamaba Diego, sacandome de mis fantasías de domesticatización vacuna. Estaba junto a un autazo negro. Al momento siguiente me encontraba sentado en el asiento de acompañante, mirando las vacas alejándose por el retrovisor. Estaba un poco triste, de que no tuve tiempo ni de ponerles nombre, pero los albanos son simplemente demasiado simpáticos.

Empezamos camino y lo que pensaba que era simplemente una pequeña colina cerca de Tirana se transformó súbitamente en una montaña gigante, a la que el camino sin embargo trataba de alcanzar su cima.

Ascendíamos rápida y convencidamente hacia el despejado cielo azul. Como copiloto me encontraba mucho más ocupado que nunca antes, por dos razones. Por un lado, nuestro chofer, y por otro, el paisaje impresionante. Hacer dedo significa que la comodidad del asiento y la vista privilegiada vienen de la mano de la obligación de charlar, y con la desventaja de no saber más de 9 palabras en el idioma local, la charla se hace mucho más compleja y desafiante. Las montañas cubiertas de bosque flotando al lado de nuestro camino montañoso me llevó a preguntar mi pregunta favorita de turista boludo; ¿Hay AUUUUUS por acá? – siendo “auuuuu” mi parte favorita. En alguna parte de Croacia decidí que “lobo” o “wolf” es para la mayoría de las personas una palabra desconocida, por lo que felizmente decidí confiar en mis habilidades de imitación de animales.  

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Pero mi apasionado “auuuuu, auuuuu” pareció ser inútil porque nuestro chofer sólo me miró seriamente. La frase es todavía muy compleja, pensé. “¿Acá AUUUUU, AUUUU?”, con mucha más gesticulación fue mi solución aplicada a la obvia ignorancia del albano. ¿Te referís a si hay muchos lobos en las montañas?”, respondió en inglés a mi salvaje interpretación. Quedé bobo. El tipo hablaba inglés fluido. Estaba tan contento de finalmente podía hablar con uno de nuestros choferes, luego de kilómetros y kilómetros de camino con Diego presumiendo su español y su serbocroata, que hasta me olvidé de sentirme avergonzado de mi innecesario acto lobino.

Sí, hay un par, pero no muchos. Un tío mío una vez cazó uno cuando salimos a cazar hace un par de años”, nos contó. ¡Un cazador! No lo podía creer. Un cazador anglófono en Albania. Para mi, siendo de una familia de cazadores, esto daba para mucho de que charlar. Y tenía razón. Ese día aprendí un montón sobre la fauna de Albania, y sobre cómo matarla efectivamente, que casi me olvidaba de contemplar la increíble vista que se hacía más y más bella a medida que subíamos la montaña. Tanto por hablar y tanto por ver, estaba en un conflicto interno acerca de a dónde prestar mayor atención. Pero en el medio de una discusión, la vista me dejó sin palabras, llegamos al tope de la montaña. De repente estábamos volando, hacia la izquierda y derecha del auto, sólo había aire, metros o en realidad kilómetros de donde podíamos ver en la distancia los picos de las otras montañas desvaneciéndose en la altura. Los albanos, para mi gran placer y también para mi gran temor, habían aparentemente decidido que el mejor lugar para poner una ruta era justo en el angosto borde de esta montaña, que parecía ser también la más alta y empinada montaña en los alrededores. Estas circunstancias hacían de nuestro camino una montaña rusa, sólo que sin las medidas de seguridad. Para los que quisieran argumentar que un airbag (que el BMW de nuestro chofer seguramente tenía) es un tipo de medida de seguridad, quiero asegurar que un airbag es totalmente inútil cuando un auto se cae de un acantilado de 500 metros. Para este camino sólo un paracaídas sería una medida de seguridad apropiada, pero dudo que los bavieros hayan incluido paracaídas en sus autos. Así que me aferraba a cualquier cosa que podía y rezaba en cada curva. Las cruces blancas de madera a lo largo del camino que marcaban los lugares donde algún auto se había accidentado y roto la diminuta barrera de concreto no me calmaban, sólo pensaba en que con mi muerte lanzaría una maldición en los bavaros por no haber incluído paracaídas en sus autos. De todas formas, también estaba seguro de que al desbarrancar no sólo me quedaría sin aliento por la caída libre si no también por lo bello de la vista. Luego de alrededor de la séptima curva, me calmé, para cuando el camino empezaba a descender.

Montaña abajo, el camino hacia ver un valle profundo, donde se encontraba la ciudad a la que iba nuestro chofer. Pasábamos por cientos de olivos que parecían igual o más viejos que el que habíamos visto en Bar, la gente vendiendo frutas a la vera del camino, las hermosas montañas del centro de Albania. Luego de pasar por Elbasan, una ciudad industrial y la cuarta más grande del país, llegamos a Librazhd. El señor nos invitó a pasar a su casa; él era, podríamos decir, un millonario, a cargo de la construcción del túnel que reemplazaría el camino montañoso que acabábamos de hacer. Su casa se veía desde lo lejos en la montaña de lo grande que era y cómo resaltaba en una ciudad que no relucía por nada. Estábamos a mitad de camino hacia la frontera con Macedonia, ya eran las 7 de la tarde y quedaban menos de 2 horas de sol. Tuvimos que desistir, teníamos que avanzar lo más posible; en Istanbul nos esperaba nuestro host, y queríamos pasar la noche en Macedonia, en lo cual sería la primera noche que no teníamos planeado ni organizado dónde nos íbamos a quedar.  

Ingo entre la fruta más ácida y autóctona de Albania... y su cerveza favorita.

Estábamos en el medio de Librazhd, y teníamos que salir de la ciudad para encontrar los autos que se dirigían hacia el este. Los chicos se acercaban a hablarnos, la gente nos saludaba, se sentía como estar en casa, cuando al mismo tiempo nos sentíamos más lejos de casa que nunca. Saludábamos a la gente; “Miredita”, es hola en albano, que junto a “Faleminderit” –gracias-, eran de las pocas palabras que sabíamos y usábamos. “Jo para” –no dinero-, decían las guías que había que aprender, porque como el autostop no era popular en Albania, mucha gente nos iba a pedir por dinero para llevarnos. Pero nunca nos sucedió, al contrario, ni caminamos más de 100 metros en el centro de Librazhd cuando un hombre se detuvo a por nosotros. Se llamaba Skender, el nombre del héroe nacional de Albania cuya estatua ya vimos en Tirana, y trabajaba en algo así como la AFIP de Albania. Era muy amable; nos ofrecía agua todo el tiempo, paró como 3 veces en distintos kioskos a comprarnos jugos y gaseosas. Tenía familia en Italia, por lo que hablaba un poco de italiano, y trabajaba en la Universidad de Tirana por lo que también sabía algunas palabras en inglés y alemán, así como en castellano y serbio. Era en una mezcla de todos estos idiomas, pero principalmente italiano, como nos comunicábamos. Se quejaba de los países árabes, decía que antes la religión no importaba tanto como ahora, cuando los países árabes pagan para construir monstruosas mezquitas en medio de la nada para mostrar que “ahí hay musulmanes”. Él era un cuarto serbio y parte de su familia era ortodoxa, pero como a la mayoría de los albanos, esto no jugaba un rol en su identidad.

Los albanos parecen personas muy tranquilas, amables y abiertas, lo contrario a lo que se suele oír de Albania en Europa. Skender iba a visitar a unos amigos de la familia a Pogradec, un pueblo frontera con Macedonia al sur del lago Ohrid. Nosotros, necesitábamos cruzar por el norte, para pasar por el famoso pueblo de Ohrid en Macedonia. En Qukës era el desvío hacia el norte o el sur; Skender se desvió de su camino 20 kilómetros para dejarnos justo en la frontera, de donde seguro iba a ser fácil encontrar autos yendo a Ohrid.

Cruzamos la frontera entre Albania y Macedonia caminando, con una policía de frontera muy amable y una bandera de Macedonia gigante flameando en frente. Yo no tenía muchas ganas de pasar por Macedonia, mis prejuicios sobre el país son y eran grandes, y no disminuyeron cuando apenas al entrar al país me llegó el siguiente sms;

“Welcome to Macedonia, the cradle of civilization.”

Pero ya me pondré a hablar sobre mi problema con Macedonia. Apenas salimos de la cabina de control, el primer auto que pasó paró por nosotros. El hombre, manejando y con su mujer al lado, nos dijo que subiéramos, y lo hicimos.

Eran albanos, pero vivían en Alemania hacía muchos años. Venían a su casa que tenían en Struga, una ciudad antes de Ohrid, también a las orillas del lago Ohrid. Nos dijeron que nos podían ir a dejar a Ohrid, unos 15 kilómetros más adelante, pero como allí no teníamos dónde quedarnos, nos insistieron en que nos quedemos con ellos, e incluso que al día siguiente nos irían a dejar a Ohrid.  

Struga es una ciudad de 17,000 habitantes, de los cuales un 30% son albanos, y justamente en el sector albano de la ciudad nos invitaron a comer. Nosotros no habíamos cenado, y nos pagaron un delicioso cevapcici. Salimos a pasear por la ciudad, donde por primera vez en nuestro viaje nos enfrentábamos al alfabeto cirílico, aunque parecía que seguíamos en Albania. Todo el mundo hablaba en albano, a nuestro chofer lo conocían todos, nos llevó a tomar un helado, y luego fuimos a dormir a su casa –gigante, de 5 pisos-, que la habían construido para que toda la familia, que en estos momentos estaba en Alemania, pudiera vacacionar junta. No habíamos planeado qué hacíamos esa noche con anterioridad, y al final el destino –de la mano de Albania- nos preparó una noche que si la hubiéramos organizado no hubiera funcionado.

 

Este fue nuestro recorrido

Albania

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