Las chicas y su porno colectivo

Hace unos días le dediqué unas líneas al cine macho, ese cine en donde hay una bocha de hombres encuerados y otra bocha de hombres en la platea aplaudiéndolos por lo machos que son. Pero, a tren de ser justos, los hombres no somos los únicos que tenemos tendencias raras a la hora de mirar cine. Hoy me voy a dedicar a las mujeres, esas bellas criaturas del mundo que nos hacen felices y pintan nuestros días de colores que nunca hubiéramos imaginado. Y ahora que quedé bien, puedo comenzar a revolear guano: ¿qué carajo les pasa?

   

Vamos a segmentar: No estoy generalizando, de ninguna manera. De hecho, la mayoría de mujeres que conozco no son así. Pero los números en las taquillas, los foros abarrotados y el fandom en general dicen otra cosa: las mujeres buscan porno en donde no lo hay.

Me explico: Cuando un hombre tiene esa sensación cosquilleante en la zona baja de su púbis y no tiene un compañero o compañera cerca para calmarla, inmediatamente acudirá a su vieja amiga la Internet y a sus millones de terabytes de porno bien guardado en la intimidad de su casa. Con eso sacará de su interior todo el mal que le aqueja y pensará las cosas más marranas que se puedan imaginar. Subrayemos: en la intimidad de su casa.

Las chicas, por el contrario, convierten en porno cosas que les gusta, y no tienen ningún problema en mirarlo y hasta alardear de cuánto saben sobre el tema. Acá podríamos comenzar en cómo la falocracia de la sociedad pone culos en el programa de Tinelli y no los suficientes bultos, la cosificación de la mujer, etc. Y todos son debates válidos, pero a lo que voy es a lo siguiente: Las chicas gritan, aúllan y sacan toda su fiera interior EN EL CINE, en público.

   

Vamos a un ejemplo clarísimo: La Saga Crepúsculo. Robert Pattinson y Taylor Lautner se convirtieron en los mayores sex symbols de la generación que oscila entre los 13 y los 21 años, y ellas lo hacen notar. No solo con los mencionados gritos de emoción y euforia, sino a través de foros, textos, fan fictions (ficciones escritas por los fans, casi siempre de contenido porno-gay) y demás. Si un hombre hiciera esto con, supongamos, Los Angeles de Charlie, automáticamente sería catalogado de verde y masturbador compulsivo, pero en el caso de las chicas, está bien ¿por qué?

Cada vez que se estrena una entrega de La Saga Crepúsculo, millones de fans se agolpan en los cines no tanto para ver la historia (que, ojo, también se saben de memoria), sino para ver a Lautner sacándose la remera bajo la lluvia unas quinientas veces durante la película. Esto no se refleja en la platea masculina, que mira con indiferencia los estrenos de Angelina Jolie y con gusto los de algún machote con pectorales. Normas extrañas que nunca entenderé.

Esto ahora, también se hizo presente en la literatura, con el suceso mundial de la saga de Cincuenta Sombras de Grey, denominada por muchos como “porno para mamás”. La historia de estos libros es interesante: Su autora, E.L. James, parió a estos libros sadomasoquistas como un fanfiction erótico de Crepúsculo. Cambiaron nombres y situaciones y voilà, lograron calentar a la generación que les faltaba. De nuevo, esto marca una clarísima oposición a los hombres, que miran estos libros con desprecio. A la hora de leer, el tipo suele ir a lo seguro, si no es un intelectual declarado, y las novelas de Stephen King y John Grisham están a la orden del día.

En la música, ni hablemos. Supongamos que mañana viene Justin Bieber. Si no tuviera seguridad, el chico moriría en una sesión de sexo grupal con una millonada de teenagers, pero nadie hace mucho para evitar que esto suceda. Ahora imaginemos que viene Katy Perry, y que una centena de adolescentes con acné directamente proporcional a sus ganas de mojar que la corren y le arrancan cachos de ropa, ¿no habría hasta represión con gases y balas de goma por intento de violación grupal?

En definitiva: Chicas, si necesitan sacarse las ganas, acudan a lo privado. No es que en el cine, entre los fans de –volvemos a poner como ejemplo- Crepúsculo, vayan a llamar la atención, porque todas estarán más o menos iguales, pero quedan mal. Tan mal como cuando un tipo se cuelga a ver Pasión de Sábado para pispear de rechiflón alguna nalga apenas cubierta por una servilleta de tela. Si quieren convertirse en yeguas en celo, no tienen más que A) conseguirse un chongo o B) buscar en internet. Ambas opciones son válidas y no salpicarán a los demás con sus hormonas explosivas.

 

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