Por @PsicoDeFamosos.
Hace unos días entré al consultorio y encontré a mi secretaria cuidando un gato que daba más lástima que una gorda sin tetas. El sentimiento con el que la secretaria lo miraba hizo que se me endureciera la bragueta como una feta de pan lactal fuera de la bolsa. Repasando los turnos de la semana, tuve una de esas epifanías de las que no dejo de enorgullecerme. En unos pocos días me visitaría el boxeador Maravilla, flamante campeón del mundo de los medianos. Y con su visita, mis chances con la secretaria aumentaban considerablemente.
Maravilla estaba cansado. Pero así como tuvo fuerzas para terminar la pelea con la mano fracturada y los ligamentos de la rodilla destrozados, no iría a abandonar una sesión de psicoanálisis. “En la pelea me sentí cómodo con los jabs. Estaba rápido”. No me interesaba en lo más mínimo la saraza pugilística. MI intención era otra. “Maravilla, decime la verdad. ¿No te calentabas en los abrazos con Chávez Jr.?”
Mi estrategia fue cambiando a lo largo de la sesión. Arranqué lento, procurando solapar menciones a una homosexualidad latente en la figura del boxeador para ver si Maravilla reaccionaba. Tenía el prejuicio de que todo boxeador cuenta con el gen del macho alfa, ése que lo hace cagar a piñas a todo el mundo y garchar a lo loco como un viento Monzón. Pero Maravilla, nada. El campeón del mundo no recogía el guante.
Apelé entonces a algo menos sútil, totalmente alejado de la cháchara freudiana. “Viste los chistes en Facebook, ¿no?”. Maravilla, rápido como es, sorteaba mis chicanas con su cinturón de buena gente. “Mirá, Maravilla. Acá tengo una imagen en la que estás vos y Chávez Jr. está agachado ahí, en frente tuyo. Atrás de todo está Virginia Lagos diciendo: ¡Maravilloso!, ¿la ves?”. La foto que le mostré en el celular no tuvo efecto, aunque pude notar cómo cerraba el puño cada vez que pronunciaba Maravilla, maravilloso… Tomé aire entonces y fui con todo, exagerando la pronunciación porteña y exclamando sin ninguna solución de continuidad: “Lluvia, Maravilla. Lluvia”.
Ilustraciones Adrian Karpenkopf . @addrox
Maravilla no se aguantó y me puso un gancho que me tiró detrás del sillón. “Es Liuvia, doctor”. Después, me ayudó a levanta, dio media vuelta y se fue. Me senté en el sillón tocándome la cara. Sintiendo el color negro que se estacionaba alrededor del ojo, pensé en el gato que cuidaba mi secretaria y la imaginé susurrando “pobrecito” al tiempo que se le aflojaba la bombacha. Con un ojo morado por el campeón, tenía serias chances de encamarme con mi secretaria.
Nota: Esta semana quiero escuchar anécdotas de locuras que hayan hecho para encamarse con alguien. ¿Quién empieza?
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Flan de berenjenas
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