stalkear

Yo stalkeo, tu stalkeas, él stalkea… ¿todos stalkeamos?

Nadie lo hace. Nadie lo hizo. Nadie lo hará. Es como haber votado a cierto político, como mirar un programa de chimentos de la tarde o como elegir la Caras antes que terminar los últimos capítulos de Las Flores del Mal de Charles Baudelaire en la peluquería. Nadie que conozcas en la vida real te va a confesar, mientras tomás mates, que sí, que lo hizo, que se metió de lleno en el perfil de él o de ella y que se comió todo su timeline para saber detalles de su vida. Sin su expreso consentimiento, claro. ¿Invasión de intimidad o un nuevo juego al que todos entramos cuando decidimos existir para el otro dentro de las inevitables las redes sociales?

stalk

Stalk, sólo stalk. Stalkear es la adaptación al español del verbo “to stalk” que en inglés significa espiar, perseguir o acosar. Vuelvo a repetirlo, chiquita, por si no te quedó claro. Palabra que en inglés significa: Espiar. Perseguir. Acosar. Algo feo pero que, en estos tiempos tecnológicos, supone algo sumamente corriente: todos somos stalkeadores y stalkeados al mismo tiempo. Incluso hay grupos en Facebook como “stalkeame que me gusta“ o gente que recomienda cómo stalkear, o instrucciones para stalkear correctamente o hasta los que consideran que stalkear es un arte.

Acordate, nena. Espiar. Perseguir. Acosar. Todo eso estás haciendo cada mañana cuando mirás alrededor y, sin que te vean en el trabajo, entrás a su perfil si-gi-lo-sa-men-te y empezás con las conjeturas. ¿Se levantó tan temprano? ¿El domingo fue a comer a San Telmo? ¿Habrá ido solo?  ¿Con quién habrá ido? ¿Por qué se fue antes del laburo? ¿Para qué habrá cambiado su foto de perfil? Todo, todo, todo eso, hasta que, por un segundo, la duda más terrible de la humanidad cae sobre tus ojos:  ¡Oh Dios! ¿Ese mensaje que escribió habrá sido para mí? ¿Sabrá que lo estoy stalkeando? Y entonces, hasta el hambre de todos los niños del mundo parece una pavada al lado de lo que se te acaba de cruzar por la cabeza…