Por @JuanCampos85.
Hay cosas difíciles en esta vida, pero pocas como empezar con algo nuevo. De golpe y desde cero tenés que inventar y reinventar algo que hacés todos los días, pero distinto, y ese primer escrito, esa primera entrada va a quedar marcada para siempre. Es una piedra fundamental que o hace que todo el edificio que se construirá se mantenga erguido o que se vaya todo al carajo y aplaste a tres viejas en el camino. Y si bien me parece que la opción de las viejas aplastadas es un tanto hilarante, de momento prefiero la primera.

Elegí, como forma de trabajo, hablar de cine (si, es un trabajo, callen impíos), y me pareció que la mejor forma de empezar (después de debates y debates, tanto internos como externos) es hablando del cine en sí, ese lugar que solía ser mágico, en donde parejas se hacían arrumacos a oscuras, se salía con la familia o, los más “especializados” disfrutaban de las nuevas tecnologías en imagen y audio que todavía no estaban tan masificadas como ahora, que cualquiera con unas monedas de más en el bolsillo puede hacerse un microcine en su propia habitación.
El cine hoy es lo más parecido al infierno, que a su vez es lo más parecido a la estación Constitución a las 7 de la mañana. La gente que paga para no ver películas es algo que siempre me llamó la atención desde un punto de vista casi sociológico, por lo cual, y tras largos meses de estudio llegué a la conclusión: los espectadores pueden ser analizados y divididos en cinco pequeñas subespecies, a saber:
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