Por @llorodfelicidad.
1. El día que fui dueño de Google pero lo arruiné, aunque quizás aprendí algo más importante.
Un día me levanté y era el dueño de Google. Lo primero que hice fue tomar decisiones importantes. Creé un artículo sobre Chola, mi abuela. Redacte su biografía, sin dejar de señalar que era adicta a las cerealitas. Conté que antes de limpiar la casa descarga dos paquetes de rocklets enteros en los bolsillos laterales de su camisón para comerlos durante el aseo. Y si bien los bolsillos se destiñen por la confitura, la casa queda limpia. Redacté el artículo y se lo di a dios Internet. Me dormí orgulloso, nunca había sido dueño de nada en mi inadaptada existencia.
Pero apenas pegué un ojo supe que todo era un sueño. Que no era dueño de nada, ni siquiera de mi mismo. Supe incluso que tampoco era capaz de intelectualizar el no ser dueño de mi mismo y que solo lo había leído en un libro de Sandor Márai, libro que por otra parte me hizo dar cuenta que viviré conscientemente equivocado hasta los sesenta años, aún contra todos mis esfuerzos. Cambié de lado en la cama y descubrí al pintor pintando pared por pared de mi casa. Definitivamente estaba bajo los efectos de la pintura, así como alguna vez un insecticida en mal estado me había justificado siete sesiones. Pintor Pablo me dijo: “Esteban, usted está buscando estímulos que lo distraigan de la tumba del game over, pero hacia allí nos dirigimos todos sin remedio, no se me alarme y disfrute el viaje“. Cambié Pablo Pintor por Pablo Amigo. Lo invité a cenar en la calle Juncal, le envidié la sonrisa y cayó la noche.
2. El día que quise bailar como Mick Jagger y me gritaron Alcides.
Un día fui a un recital de Ben Harper en Ezpeleta y la música me pudo. Empecé a bailar como Jagger porqué sentía que había algo de stone en ese mood. Pero alguien gritó “bajá un cambio Alcides” y todos se rieron. Sonreí para disimular la vergüenza y me fui mascullando a mi casa, donde una vez llegado y frente al espejo baile solo para descargarme. Pero la palabra “Alcides” retumbaba en mi cabeza y entonces me fui a dormir.
3. El día que salté alto.
Un día salté alto, tan alto que cuando me caí al piso me lastimé. Entonces me puse a pensar que sentido tiene saltar tan alto si después no sabés caer bien. Se lo comenté a mi psicólogo y me dijo que era justo lo que estábamos tratando en las sesiones. Me dijo que no tengo que pensar en ser el mejor porque a los mejor no lo soy. Y me dijo que el ego no es tan bueno. Yo me acordé del lego. Me dijo que el lego se apila uno tras otro, y así despacito y entre todos llegan hasta arriba sin caerse, sostenidos por el esfuerzo colectivo. Yo le dije que odio los colectivos y él me dijo que trate de concentrarme, que así no se podía trabajar en serio. Yo le dije que ese era su problema, que yo no podía dejar de asociar las palabras y le dije si no quería ser mi socio. Me dijo que no.
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Oia… otro lado donde seguir sus locuras. No me tildes de stalker, es tu culpa estar en todos lados.