Por @Melinda_SC.
Yarn bombing, yarnbombing, yarnstorming, guerrilla knitting, urban knitting, graffiti knitting, guerrilla crochet, guerrilla de ganchillo son todas formas para referirnos a lo mismo:
Esta es la historia de cuando el crochet quizo ser cool.
El crochet es una técnica para tejer con hilo o lana que utiliza una aguja corta y específica de metal, plástico o madera. Muy divulgada entre artesanos y abuelas. Desde sus orígenes fue concebido como una industria casera para conseguir cash. A pesar de ser una tarea laboriosa, siempre cargó el estigma de ser una imitación de encajes u otras técnicas aún más elaboradas y caras. Y sí, da hippie.
La idea de construir y crear anudando es mágica. El tejido habla de perseverancia y paciencia, valores poco compatibles con el #rush de la ciudad. Por eso cuando alguien incursiona, yo empecé con dos agujas, arranca por hacer “la agarradera”. Un pequeño éxito para juntar voluntad. Después timidamente se empieza una bufanda y cuando ya te sentís comprometido llega la frase: “me voy a hacer un sweater”. El primer sweater (no fui más allá de eso) termina siendo la prenda más preciada: de entrecasa. Un punto que se fue por aquí otro que se sumó por allá y siempre tiende a terminarse fuera de temporada. Hay quienes nunca lo terminan y “la bolsa de tejido” es un karma de todo lo que nunca uno termina en la vida. Eso sí, no hay como un sweater tejido a mano. Es un abrazo constante.
No nos vamos a engañar, el crochet muchas veces se supera para redefinir lo feo. A esto se asocia que nunca tuvo buena prensa. En el 1800 fue la Reina Victoria del Reino Unido, quien de forma abierta compraba encajes artesanales de crochet de Irlanda e incluso aprendió ella misma a tejer para tirarle una onda. Hoy en día se cargaron la mochila un grupo de mujeres y sacaron la técnica a la calle como forma de expresión. Es el lado blando, acogedor y abrigado del arte callejero.
Se le adjudica la maternidad de este movimiento a la norteamerciana Magda Sayeg. Timidamente arrancó en su ciudad natal Houston y hoy es demandada internacionalmente. Claro, las empresas ni lerdas ni perezosas también vieron que esta técnica era “amigable”. Magda ya lleva tejidos un Toyota Prius, un Smartcar, un Mini Cooper y, mate de x medio si fuera argenta, vende fundas de iPhone. Una claro caso de no da puntada sin hilo.
La difusión masiva de esta movida la permitieron las redes, tal es así que el Día Internacional de Yarn Bombing fue declarado vía Facebook. En el viejo continente, Los londinenses de Knitt the City están muy organizados para difundir este tipo de intervención urbana. Te invitan a sumarte a sus acciones de tejido callejero. Entre agujas, fotos y redes va creciendo. Se está cocinando un documental, mirá Yarn Graffiti Documentary.
En paralelo, pero con contenido crítico, la artista Agata Oleksiak, más conocida como Olek es sinónimo de crochet puesto al servicio del arte.
Todo puede ser tejido. Usa esta técnica en su obra para abordar temas de género. Expone en galerías de todo el mundo y también interactua con la vía pública.
Buenos Aires no se queda afuera. Caminando por Perú en frente a la Legislatura, vi unos árboles abrigados. Ya llegó. Y sí, estas cosas nos las contagiamos del otro lado del charco por lo general.
La Guerrilla Crochet toma un quehacer artesanal lo cruza con el gesto maternal de dar abrigo y lo saca a la calle. No hay como algo tejido a mano, es un abrazo constante.
« Volver atrás





A mi tambien me resulta muy terapeutico el crochet. Todavia no llegue al sweater, yo soy mas de los muñequitos. Pero me gustaron esas barbas de las fotos! Muy linda la nota. Ultimos del dni 752. ;-)