Felices en Trieste.
07/09/2012

Por @dardotrento.

Hablando con nuestro chofer Marco, ya me sentía en casa. Reviviendo mi italiano dormido desde hace ya un par de años, charlando sobre su laburo en Umago y la crisis italiana, el solo hecho de haber cambiado mi idioma de alemán, inglés o croata a este hermoso cocoliche italoargentino, me sentía en el conurbano de Buenos Aires tratando de entrar a la ciudad a través del laberinto de autopistas. Marco iba a un pueblo cerca de Venecia y se desviaba entrando a Trieste sólo para dejarnos a nosotros.

 

Piazza d’Unitta de noche.

 

La entrada a la ciudad de Trieste era fuertemente industrial, pero cuando llegamos a Piazza d’Unitta, nos dimos cuenta que la ciudad en realidad era mucho más hermosa de lo que su entrada portuaria y encementada daba a pensar. La plaza está rodeada por imponentes edificios blancos de estilo austrohúngaro y que hacen pensar en Trieste como una versión espaciosa y costera de Viena.

 

Imagen 360 de la plaza.

 

En la Plaza de la Unidad nos esperaba Giorgio, nuestro host. A Giorgio lo conocimos a través de CouchSurfing. Para los que no lo conocen, CouchSurfing es una comunidad online donde uno ofrece un espacio libre que tiene en su casa –normalmente un sillón y de ahí el nombre de Couch->Sillón y Surfing-> surfear-, para que otras personas que estén viajando por donde uno vive se puedan quedar gratis por un par de días, pagando con la amistad, compañía y buena onda. Giorgio se podría decir que es un usuario prototipo de CS, pionero, usándolo desde el 2007, con más de 50 experiencias repartidas casi armónicamente entre haber sido anfitrión y surfeador, y con un alto espíritu couchsurfer, participando de actividades que organizan otros couchsurfers y siempre listo para ayudar a desconocidos. Diego ya tenía experiencia en Couchsurfing, pero Ingo no, por lo que Giorgio era una excelente forma para empezar la primera experiencia de Ingo, que todavía guardaba un poco de prejuicios al respecto.

 

Estatua a la emperatriz austriaca Sissi, ídola de todos los austriacos, y a la que Ingo ofrece reverencia.

 

Giorgio nos llevó luego a un espectáculo de danza organizado por la comuna de Trieste que se realizaba en un gran escenario en una de las colindantes peatonales, en la plaza Verdi para ser exactos. Luego de una hora y pico de show –ya era casi la medianoche-, fuimos caminando a casa de Gio.

 

Imagen 360 de la Plaza Verdi.

 

No nos esperaba un couch, si no todo un cuarto entero con 4 camas para couchsurfers. Pero éramos los únicos, así que luego de charlar un poco con Gio, fuimos a dormir para prepararnos a visitar la ciudad al día siguiente.

El martes en la mañana llegaron dos couchsurfers polacas, que compartieron entonces cuarto con nosotros. Ellas sin embargo ya tenían armados sus propios planes, por lo que fuimos sólo nosotros 3 a pasear por la ciudad al mediodía.

Una de mis metas al visitar –por primera vez- Italia, era comer pizza. Una de mis mayores decepciones de mi venida a Europa fue la pizza; no importaba en qué país; Austria, Alemania, Serbia, Estonia, Croacia, siempre era horrible e incomparable con la Argentina. Por eso necesitaba ir a su cuna para redescubrir el placer de comer pizza; olvidar esas masas mojadas aceitosas sin queso, sin salsa, sosas y blandas que osan de llamar pizza en muchos lugares de Europa. Y al mismo tiempo, finalizar un gran dilema que ocurría dentro de mi cabeza; dónde está la mejor pizza.

Giorgio nos llevó a una de las mejores pizzerías de barrio de Trieste, Piedigrotta, en una esquina en uno de los hermosos bulevares de Trieste, el bulevar 20 de Septiembre. Pedimos una pizza mitad rúcula mitad champiñones mientras Giorgio se pidió una berenjena al parmesano. La espera me carcomía y mantenía expectante. Cómo será la pizza tana…

 

 Pizzeria Piedigotta.

 

Reconocí el dulzor un poco ácido de la salsa de tomate. Eso, “sabía a casa”, y era algo que no había sentido en otras pizzas europeas. La forma en que la rúcula acariciaba la masa y se enredaba con las escamas de parmesano formaban un poema. Sí, la pizza italiana, era buena, muy buena. El queso era sabroso, los ingredientes frescos, se sentía el amor y el ajo. Pero faltaba algo. Faltaba levantar la pizza con su masa crocante –esta era blanda-, y tener que enrollar el queso derretido con el tenedor alrededor de la porción para no arrastrarlo por la mesa. Era buena, buenísima, pero no era lo mismo. Es cierto, que sería una torpeza e ignorancia, juzgar la pizza italiana, por sólo una que comí en una ciudad que ni siquiera es una de las ciudades tradicionales de los bollos, pero no puedo evitar la nostalgia de la pizza argentina; desde la alta costura de La Pharmacie en Charcas, a través de la barrial sabrosa de una esquina de Parque Chacabuco, las tradicionales de Banchero, las urbanas de Burgio, o las clásicas, insuperables, inmejorables y perfectas pizzas de la pizzería La Mini (también conocida como La Mini Pizzas), de Mar del Plata.

Por otro lado, la berenjena, no estaba nada mal.

 

Seguimos con la panza contenta el tour por Trieste. Habiendo sido una de las principales ciudades costeras del Imperio Austrohúngaro, mantiene aún la belleza imperial, el fifismo vienés, y el orden y limpieza austriaco. Nuestro paseo por la ciudad fue interrumpido por un helado –otra meta comparativa imperante-, con el cual me voy a ahorrar palabras para que esta reseña no parezca una pieza chauvinista gastronómica argentina, pero vamos con algunos puntos claves; pequeñas bochas para mucha plata en un cucurucho gigante que merecería ser adornado por más alimento, sabores claros aunque a veces tímidamente demasiado artificiales, textura excelente pero poco fría o poca resistencia al calor, variedad más amplia que en otros países europeos pero no que en cualquier heladería de barrio argentina, y el sabor de pistacho; uno de los mejores si no el mejor que he probado; no verde y cremoso como en argentina, si no tostado y marrón, interesante sin dudas, experiencia rescatable y agradable.

 

Típica postal de Trieste con la Iglesia San Sanador Antonio de fondo y la Iglesia Servio Ortodoxa San Spyridon con sus techos azules de costado.

 

Luego de pasear por Trieste, en la noche Giorgio nos deleitó (a nosotros dos, porque las polacas estaban desaparecidas) con pasta casera; una experiencia que creo, todo el que visita Italia debería experimentar; Comer fideos que te cocinó un tano en su cocina, es como abrazar a un amigo. Es como una publicidad emotiva que te da vergüenza que te emocione. Es como que te roben un beso que estabas secretamente esperando. Por haber comido esos fideos hechos por Gio, valía la pena haber empezado el viaje desde Italia.

Esa noche llegó otra pareja, dos alemanes, que se quedaron en otro cuarto que tenía Giorgio, también para couchsurfers. Éramos 6, pero la mañana siguiente nosotros ya volvíamos a bajar; y así fue. Salimos temprano de la casa despidiéndonos de Giorgio (que habla perfecto español; ¡Gracias por todo!) e infinitamente agradecidos por su hospitabilidad, y fuimos un poco al norte de la ciudad, a un lugar frente al mar donde Giorgio nos comentó que se comía el mejor pescado de Trieste.

Y así era. A medio camino hacia el palacio Miramare, frente a unos bosques, había una pequeña fuente, iluminada por el sol del mediodía, mientras un tango sonaba de fondo.

 

Imagen 360 del Palacio Miramare.

 

A uno de sus costados, estaba nuestra meta. Un buffet al semi aire libre, donde uno agarraba su bandeja y pedía lo que quería, y donde la especialidad eran los peces a la parrilla, que con un trozo de polenta sale 5 euros, una ganga. La fila de personas era larga, en su mayoría jubilados e inmigrantes. Parecía ser un lugar donde gente que no tenía los ingresos para darse gustos finos, trataba de darse un gusto.

Sin embargo, este gusto era seguramente mucho mejor y mucho más disfrutable que muchos otros gustos. Era un secreto que sólo podían probar a los que no se les caerían los anillos al darse un gusto con tenedores de plástico y teniéndose que contentar con el pez que esté listo cuando te toca el turno y si no, mala suerte. Porque en nuestro caso, era algo pintoresco, pero acá podía ver como estos jubilados habían venido de lejos a comer este pescado; no eran las parejas jóvenes y familias que se bañaban a 20 metros en el agua, eran caras arrugadas, serenas y cansadas de esta Italia que trata de sobrellevar la crisis que en lugares como Trieste seguramente no se ve tan crudamente como en otros, pero que se podía distinguir en las panaderías típicas cediendo repisas a bijouterí y peluches de perritos con I Love You, en los almacenes de barrio cerrados, o en los ancianos revolviendo los basureros lo más discretamente posible.

 

 Comiendo Orata y Branzino.

 

Con las panzas llenas de una deliciosa Orata y un aún más delicioso Branzino, tomamos un bus local hacia el sur de la ciudad para ir a las afueras y empezar a hacer dedo hacia nuestro próxima destino; Koper.

 

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4 comentarios para Felices en Trieste.

  1. Grace de Monaco dice:

    Ah……..esto es vida ¡¡¡¡ Igualmente va a estar más que buena la vuelta a casa. Cuando uno piensa : …qué suerte es volver, todo muy lindo, pero la tierra de uno es inigualable. Además América es más joven, che…………..¡¡¡

  2. Mónica dice:

    Interesante la visión de esta ciudad de Italia… Me impresionó la descripción de los comensales por 5 euros…. la crisis azota a Europa

  3. Ana María Elías de Balarino dice:

    bellas las postales de Trieste y comparto con Diego : las pizzas italianas son ” flojitas ” , jaja, no se comparan con las que se comen en lo de Dolly.Siguiendo con el tema “culinario ” los chocolates italianos, aún en los helados, son muy ricos, pero un Havanna vuelve a ser ” lo más “, besos

  4. marta dice:

    Qué suerte que volvemos a saber de Uds…. Esta entrega ha sido culinaria, con alguna nostalgia y sentido social…. Bien por ello!!

    Suerte en el recorrido de restaurantes, bodegones, kioskos….

    Gracias por mostrarnos otras realidades.
    Los queremos mucho!!!

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