Por @CarlitaCz.
Mi casa sigue revolucionada por Rosh Hashana. Bueno en realidad la pirámide (que figura poco feliz para esta celebración) hecatómbica tiene en la cima a mi vieja, seguimos sus hijos, mi marido e hijos y por último la casa; que salvo por esa mancha de humedad del rincón que es “reincidente” se porta bastante bien. Así que mientras cocino (sigo cocinando, hasta el infinito y más allá) vocalizo estas lineas introductorias telefónicamente para esta nota que no tendrá 5773 años, pero sí 5220 horas (las conté, te lo juro porque esta Jalá de Miel no me leude)
¿Y porque quiero re-publicar está nota en particular? Agarrate nena…este viernes, día de la primavera!!. Deja de llover el jueves y por el bicentenario de la batalla de Tucumán el lunes es feriado, así que los adolescentes van a quedar en pedo colgados del Planetario hasta el mismo martes por la mañanita.
Anoche soñé que mis hijos eran adolescentes y me desperté sobresaltada como si hubiera tenido una premonición horrible. Hasta que no se despertaron y los vi tiernitos como siempre no me tranquilicé. Pero sé que es indefectible que crezcan. El tiempo pasa … para ellos. Por suerte para mí no… mientras dure el bótox (jeje).
La cuestión es que en el sueño los veía tan grandes, que me puse a pensar en lo que me deparará el tiempo en lo que a maternidad respecta. ¿Cómo será ser madre de adolscentes? Siempre escucho frases como: “hijos chicos problemas chicos, hijos grandes problemas grandes”. A veces, me la paso esperando que crezcan y dejen de ser bebes en el afán de volver a conquistar mis 8 horitas de sueño corrido. Pero el remedio suele ser peor que la enfermedad. Encima, nunca falta alguna frase voladora del estilo de: “nooooooo, olvidaaaaaaate, ya no vas a dormir más. Cuando sea adolescente y salga, vas a ver”. ¡Pájaros de mal agüero!. La verdad me puse a pensar en cómo fui yo en la adolescencia, cuando era hija en vez de madre. Yo, justo yo, que siempre jodo diciendo que cada madre tiene el adolescente que se merece … Ahí, el horror invadió mi tarde de domingo.
La adolescencia no es algo que yo tenga tan lejos. El hijo adolescente de mi marido, Felipe de 18 años, vive con nosotros en casa. No un día a la semana o dos fines de semana al mes, ni viene de visita cuando quiere. VIVE en casa………………………………cri,cri………………….cri,cri……………….
Fui buena hija, buena alumna, muy buena persona y muy, pero muy, pero muy salame. Como la mayoría de los adolescentes. Me cagaba en todo lo que podían pensar de mí, me gustaba provocar, mentir y ponerme en riesgo. Lo que hace la mayoría de los adolescentes. Cuando tenía 18 años un tipo que era el capo de la ONU para Latinoamérica, además de tío lejano mío, me miró y me dijo: “la adolescencia es una enfermedad que se cura con los años”. Lo odié. Me pareció un pelotudo, algo que con los años no cambió mucho sinceramente. Pero algo de razón tenía. No sé si la adolescencia la definiría como una enfermedad, pero sí como un padecimiento para todas las partes. Un estado de dicha cuando se está con amigos y de sufrimiento con cadencia de altiplano cuando se está en la casa con los padres. En la adolescencia se desprecia a los padres. A veces, cuando uno crece y tiene hijos, termina comprendiéndolos, pero a veces, eran estúpidos no más. No publico una foto de “Feli”, cosa que sería más que inverosímil y que me encantaría (es realmente guapo) porque estoy segura que podría consumar el acto de asesinarme, con el que seguramente debe fantasear de vez en cuando. Con seguridad debe pensar que soy insoportable, que ya no me acuerdo cómo era ser adolescente, le debo dar vergüenza y…encima soy la mujer del padre. En fin. Quiero decir que convivo cotidianamente con un adolescente, además del perro, gato, peces, mis hijos de 1 y 6 años, además del padre de todas las criaturas. ALGO debo haber hecho para merecerlo y muy probablemente haya sido en la adolescencia.

A mí me gustaba la música heavy y el punk rock, entre otras cosas. Imaginate. Te la encargo.
Igual, materias me llevé solo 2 en tercer año y terminé el secundario a los 16 años.
Me saqué las obligaciones de encima para poder hacer quilombo tranquila y que mis viejos, además de no enterarse, no me rompieran los quinotos.
Hice bardo. Pero nunca les di demasiado trabajo.
Se enteraron tarde. Salvo aquella vez que mi viejo volvió antes del trabajo.
En realidad 2 veces volvió antes y las dos veces me enganchó en alguna cagada.
La primera vez llegó y yo estaba con mi novio a pleno, los dos en bolas y la ropa tirada por toda la casa.
Pero zafé porque había trabado las puertas. Los padres no quieren pensar que su hija de 15 ya no es virgen y le creen cualquier fruta.
La segunda vez no pude: Papá fumaba Le Mans Suaves largos y siempre guardaba algún paquete en su mesa de luz. La cuestión fue que esta vez yo no había trabado las puertas con pasador. Papá no podía volver, creía yo. Eran las 2 de la tarde y, antes de poner Amo y Señor me fumé un pucho, después de comer, con las patas arriba de la mesa del comedor diario. La puerta quedaba a menos de 1 metro… En eso: entra.
El ambiente pequeño y de techo bajo parecía Londres. Creo que al principio dudó que fuera yo porque no me podía ver bien.
PAPÁ: ¿Carla? ¿Sos vos?.
YO: Sí, pá. – dije con vos de gallina acogotada.
PAPA: ¿Estás fumando?..
YO: NO – tratando de hacerme la relajada.
PAPÁ (indignado): ¿Pero sos boluda?- me dijo mientras agitaba el humo con la mano derecha para tratar de disiparlo y reconfirmar que, efectivamente, se trataba de mí.
Me miró, furioso y me dijo: “ME DEFRAUDÁS”, agarró lo que vino a buscar y se fue. ¡UFFF! Fue intenso. Igual, después me lo repitieron unas cuantas personas a lo largo de mi vida, especialmente mi ex marido. Y, seguramente, me lo dirán mis hijos cuando sean adolescentes.
Yo no disfruté mucho mi adolescencia. Para empezar, fui una púber hiper-precoz y a los 11 ya tenía el cuerpo de una mujer. Odié la vida. Asi que no recuerdo mis años “teen” como un momento al que me gustaría volver. Fue una etapa de bastante oscuridad, lo cual es curioso ya que casi todo lo que más me gusta hacer lo descubrí siendo adolescente. Lo que sí me gustaría volver a vivir es esa sensación de eternidad. Esa inconsciencia absoluta de la finitud o de lo imposible. El espíritu de querer cambiar al mundo y la certeza de poder lograrlo. Eso era genial. Eso es lo mejor de la adolescencia. Pero los adolescentes… ¡por favor! Como diría mi madre: ¡son la peste bubónica!
No sé cómo es que, de repente, esos nenitos risueños de oyuelitos en los cachetes y mirada de suricato se transforman en “eso”. Me da pánico. Pero lo cierto es que un día te descubrís a punto de ahorcarlos porque se hacen los DARKY (ó EMO, ó lo que sea) y te dicen que te odian y que “odian esta vida de mierda” con computadora, Play, equipo de música, guitarra, tele y DVD en su dormitorio. Solo les falta el frigobar y el inodoro, pero te odian. No te ayudan ni en pedo, dejan todo tirado y si les pedís algo te ladran. Pero ellos, bucólicos e incomprendidos, te óóóódian! Odian su suerte … ¡desagradecidos de mierda, vayan a laburar!
Y vos sos una mala persona porque los reprendés. ¿Por qué?, ¿eh?. Si solo se llevaron 9 materias. No los entendés. Estás re-lejos. En otro mundo que ellos desprecian. Y un día tienen novia, y oscilan entre que garchan en tu cama cuando no estás y que desaparecen 3 días hasta que gritás lo que más odiaste que te griten: “¡ESTO NO ES UN HOTEL!” ¡JA!, Ahí tenés. Lo dijiste. Igual que tu vieja, pelotuda. Ahora ya no te van a respetar nunca más.
Lo malo de cuando uno crece, y en esto le doy la derecha a los adolescentes, es que te olvidás cuáles son las cosas verdaderamente importantes en la vida. Cuando sos grande, todo pasa a ser una boludez menos tus preocupaciones que son urgentes (y en general bastante boludas). Los espacios para experimentar, descubrir, jugar y flotar… ya no están. Por eso nos tienen lástima y poca estima… ¡Qué miedo, la que me espera!
Cuando te hacés grande, perdés la memoria. Te olvidás de esas cosas que, en su momento, te parecieron lo más. Te olvidás de todo eso que construyó tu colchoncito de felicidad con el que amortiguás los momentos amargos de la vida. Uno se va alejando de sus propios momentos felices. Los adolescentes, en cambio, exacerban esas intensidades. Son intensos. Hacé esta prueba y decime la verdad: ¿acaso te acordás, por ejemplo, lo que sentiste el día que probaste por primera vez un helado de chocolate? Seguro que no. ¡Pero hasta un nenito lo sabe!.




Yo tengo un pequeño prepúber de nueve como Claudia… Y asoma sus garfios de vez en cuando, pero todavía lo domino.
Sin embargo lo estoy viendo venir, y yo como adolescente no fui muy agradable… rateadas, escapadas fuera de casa, dormir en la calle, embarazo y aborto… faltó la droga que por suerte nunca rozó mi puerta, ni el alcohol que detesté siempre.
Ah… tengo miedo de lo que será la adolescencia de mis dos hijos. El chiquito tiene cinco y es más vivo que el hermano…
Madre mía…