Por @CarlitaCz.
Dicen que cuando yo era chica, la peor penitencia era no dejarme ver la tele. Si me mandaba alguna “macana” (tal era el término familiar) me suspendían la Pantera Rosa y Los Tres Chiflados … ¿Qué tal?¿Creén que sirvió de algo? Yo solo les digo, mamis y papis, por su propio bien: NO INTENTEN “ESTO” EN SUS CASAS.
Cuentan que, de pequeña, cuando me “condenaban” a la abstinencia televisiva, yo me ponía muy mal. No comía y hasta, según mi madre, he llegado a temblar. Como siempre el remedio suele ser peor que la enfermedad. No solo no lograron nada con privarme de un placer tan inocente como ver TV, sino que no lograron corregir mi carácter y, lo que es peor, hoy trabajo en la tele y vivo de ésto desde que tengo conciencia. Por lo tanto, además, he adquirido todos los vicios de la televisión. Viciosa fui de chica, eso hay que decirlo. Cuando usaba chupete (y fue hasta los cuatro años) usaba 3 chupetes: uno en la boca y otro en cada mano. Nuevamente, parece que cuando me hicieron dejarlosssss, temblé durante días. ¡VICIOSA!. Y desde siempre. … Y lo mejor de todo (remitiéndome a la práctica): el castigo no corrije, exacerba, lo que nos lleva de lleno a nuestro tema de hoy: ¿cómo castigar a un niño?
Brunito, el más chiquito, que desconoce absolutamente la autroridad, a quien nada lo amedrenta, asusta, inhibe ni detiene, parece ser igual. Encima es encantador: QUE ¡¡¡MIEEEEDO!!!
El otro día fuimos al shopping a buscar unos juguetes para Benja, el mayor. El tema es que Bruno descubrió algo con lo que no pudo… algo que, según su criterio, a partir de ese momento debía ser suyo: UN CAMIÓN GIGANTE. El juguetero no compartió su criterio, para nada. Nosotros ni nos enteramos, imbuidos con mi marido en la selección de los juguetes para Benja, de la decisión de Bruno, que salió corriendo, secuestrando el camión enorme (más grande que él mismo).
El tole tole se armó porque el maldito enano salió con el juguete, cual bólido, empujándolo a toda velocidad por los pasillos del shopping, hasta que un seguridad logró alcanzarlo e interceptarlo, como a un simple delincuente juvenil, justo antes de que se arroje a las escaleras mecánicas con SU “nuevo juguete”. Lo trajo al petiso pataleando en el aire de vuelta a la juguetería (de donde era evidente que se había escapado) y, encima, tuvo el tupé de cagarnos a pedos a los padres delante de las criaturas, después de preguntarnos si “ESTO” –por el mocoso- era nuestro.
Y sí, indefectiblemente “ESO” era nuestro. Y, tras NO debatirnos ni un segundo cómo castigar a nuestro hijo, nos dijimos el uno al otro, en voz alta y al mismo tiempo: “¡comprááááselo!”. La verdad su picardía me dio más cariño que enojo y, ¿quién puede afirmar, después de todo, cuál es un BUEN CASTIGO? ¿Qué debe lograr un buen castigo: que el niño sufra o que el niño aprenda? ¿Ustedes piensan que yo soy buena gente y tengo códigos porque me suspendieron a La Pantera Rosa el día que nos agarramos de los pelos con mi hermana? ¡Dejémonos de joder un poquito!.
Y, ojo que yo los cago a pedos a los pibes, pero más allá de ser una verdadera descarga para quien escribe, la verdad es que me parece más importante decirles que “Eso no se hace” y por qué no se hace eso, que todo lo otro. La penitencia me parece algo ritual, ridículo y que en el caso de Bruno, genera todo lo contrario y algo mucho peor: despierta a la bestia ingobernable que habita en su interior y el pequeño sanguango arrasa con todo. Como les dije, según mi criterio (el cual perfectamente puedo comprender que no compartan): el castigo no corrije, exacerba.
En casa, Bruno, hace las peores cosas, pero delante de los demás se rescata el muy guacho. Todos piensan que es: “encantador, con mucha personalidad, independiente, carismático…”. El pibe es un demonio en potencia, un psicópata capaz de organizar una revuelta social sin alterar su sonrisita… es peligroso. Pero los demás no se dan cuenta y caen rendidos a su merced… hasta mi sobrinita de un mes que alucina con él, con su tono de voz debe ser porque todavía no ve bien… por suelevadíííísimo tono de voz.
Él es de esos que no pasan inadvertidos, lo saludan a su paso en el supermercado: todas las cajeras, la china –la dueña- le regala cosas y el carnicero y el verdulero se ofrecen a cuidarlo cada vez que llego. ¿Será que los tiene amenazados… a todos? No sé, yo por las dudas creo que el mejor castigo es mimarlo. A él y al otro, porque hagan lo que hagan, al final siempre me arrancan una sonrisa. Porque si uno les da mucho amor, seguramente habrá mucho menos por castigar… y porque, si de grande se hace bravo en serio, ¡más vale tenerlo de amigo!.
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No es castigarlos , es enseñar que hay limetes en la vida y que no pueden hacer lo que quieran . No te olvides que vivimos en un mundo con reglas y si no se cumplen hay un castigo.