Por @LorenaBassani.
Abombaditos míos, no hubiera dicho nada si no fuera porque Marcelo, él mismo, el viernes, caído después de que le destrozaran la uña del dedo gordo, dijo lo que dijo. “Urgente, a La Trinidad”, “Que me lleven de nuevo a La Trinidad”, mandó, pícaro, en alusión, claro, al famoso: Mito de Marcelo.
Y esto no es culpa de las redes sociales. Esto es más viejo que Matusalém. El mito ha sido protagonista del mundo invisible que se fabrica en las ciudades más enormes o más pequeñitas del planeta Tierra. Desde los pueblos chicos hasta los infiernos grandes, la verdad supo bajarse los lompas ante un par de cuentos populachos e incomprobables que todos amamos. Y amamos repetir como loros.
A Marcelo le rompieron el orto (podría poner se lo rompieron, pero si él no se lo cuidó, yo menos…) con un desodorante o un consolador color piel o un envase plástico de coca de 600 y se lo terminaron cosiendo o pegando con La Gotita en un reconocido de Palermo. Este es el rumor, mito o leyenda. Y todos queremos creerlo. Nos quedamos hipnotizados, imaginando. Fascinados ante el salvajismo de suponerlo así, ensanchadito, tajadito. Porque, al fin y al cabo, pensamos que ni el estrellato te defiende de que se te vaya la mano y un día, un día… se te rompa el ojete más literal que metafóricamente.
Mi tía Chiche se estremeció. Desconsolada, tuve que juntar sus lágrimas del mantel de la mesa de la cocina y negar todo como si fuera trampa. Angustiadísima, mientras afirmaba que era todo mentira, la mujer no podía creer que una parte de su bienamado se hubiera dilatado tanto. “¿Un desodorante, Lorena?, ¿cómo entra un desodorante entero, Lorena?, ¿era un Axe o un Impulse, Lorena?“, preguntaba ella, gritando, pobrecita, como pidiendo una explicación física que yo no pensaba darle. Y entonces, en ese momento, el culo del Marce, sin saberlo, se convertía en la batalla perdida de mi tía Chiche contra la violencia del mito más… desgarrador.
Entre el semiólogo Roland Barthes (ese franchute que, a mediados del siglo pasado, hizo un análisis aristocrático sobre el mito), mi tía Chiche de Avellaneda, mi amigo Martín de Palermo, mi verdulera María Rosa de la esquina o mi ginecólogo Horacio de la prepaga -quien jura y perjura que un colega suyo atendió al mismísimo culo en La Trinidad o en Los Arcos, no recuerda bien- hay miles de universos posibles de distancia. Sin embargo, todos coinciden en lo mismo: la historia es cierta y hasta pueden asegurar que la fuente -esa que pasó el rumor- es genuina e inobjetable.
En el video, Pettinato dice: “El chisme es la energía que mueve al universo” y quizás sea esa la única verdad de la historieta. Habrá que cuidar a las figuras de este país y sus anos años de trayectoria, chicos. A todos nos conviene que semejante fisura del prime time sane. Porque rosado, florecido o penetrado, el culo de Marcelo ya no es sólo suyo. Hace un tiempo largo que dejó de formar parte de su propiedad privada. Nos pertenece a todos. Tanto nos pertenece que se inmoló para salvarnos del pecado. Cuidado. Hoy es el orto de Marcelo, pero mañana podría ser el nuestro. Por más sagrado que lo tengamos. O por más virgen que digo (estem digamos) tenerlo.
¿Cuál fue la última leyenda urbana y televisiva que te contaron?


A mi me habían comentado de una botella haciendo sopapa en el orto de Claudio García Satur.